jueves, 2 de abril de 2009

par(t)iendo


Dos aceitunados ojos abriéndose a la vida perfectamente a la una de la tarde. El fruto del amor que entró a ocultarse del mundo obstinado y ahora agita sus alas en mi vientre, y pronto vuela. Llorar desde el inicio, llorar para gritarle al tiempo su obcecado paso eterno. En tu cuerpo mi sangre. En tu sangre mi cuerpo. Dentro mío el sol con sus bailes de peces abrigados. Mi hija brotó de mí como una cascada desbordante. Fuimos sólo una, una especie sagrada, un óvulo, un océano. Mi matriz el continente poblado por su lenguaje primitivo. Luego partir de allí. Siempre nacer exige irse. Siempre comenzar es retirarse, despedirse, dejar un mundo, dejar de vivirse.

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