
La primera vez que usé la bicicleta como algo más que instrumento de andanza fue cuando estaba en el colegio. O tal vez fue la primera vez que adquirí conciencia -o semi, pienso ahora- de que la bici podía ser más que un juego, se había convertido en una necesidad, un remedio para la dificultad de trasladarme desde la población roñosa en la que vivía hasta la otra población menos roñosa en la que estudiaba. Tenía 16 ó 17 años. Cursaba tercero o cuarto medio. Al principio tomé micros, y digo micros porque no había una sola que me dejara adonde yo iba. Tenía que ir hasta el centro de Santiago y luego devolverme al norte, en la ruta hacia Independencia. No era que fuera malo, la mayoría de las personas salía de la población en la misma dirección, pero la minoría iba al norte desde donde yo tomaba mi segunda micro, así que viajaba casi con el puro chofer, por lo tanto, me sentaba cómodamente y leía cómodamente también, siempre y cuando el educado conductor no fuera mirándome por el espejo retrovisor con odio contenido porque yo era escolar y pagaba un pasaje menor, no uno completo como él hubiera querido. Sin embargo, tanta vuelta cansaba. Descubrí, entonces, que por una ruta interna podía llegar más rápido y directamente. No había micro que me llevara, así que decidí usar la única bicicleta que había en mi casa, una pistera que se había comprado mi papá y que no sé si alguna vez usó.
Salía de la población y llegaba a Panamericana norte. Allí me encontraba con un sinnúmero de obreros de la construcción que, también por necesidad, usaban la bicicleta como medio de transporte mucho antes de que cicleteros furiosos o mujeres organizadamente ciclistas que poblaban la otra parte de Santiago salieran a la calle a defender el uso legítimo de estas dos ruedas. Como era de esperar, yo era la única mujer. La calle era amplia y extrañamente llana, así que aprovechaba de experimentar el pedaleo sin sostener el manubrio, cosa que jamás he vuelto a practicar pues las calles de Santiago, al menos las que me tocan actualmente ahora más hacia el centro, no se caracterizan por su factura tersa y sin baches, muy por el contrario. Me convertí en la única ciclista del colegio. Como no estaba forzada a usar el ridículo e incómodo jumper escolar, iba con jeans la mayor parte del tiempo. De esta manera, me ahorraba el ajetreo de subirme a una micro y soportar los ladridos del conductor y dejé atrás también la costumbre menos acostumbrada de irme hasta la casa caminando.
Siempre me gustó la bici. Cuando era niña usaba una cuyo sillín se alargaba y que terminaba en un par de fierros que hacían las veces de sostenedor de la espalda, un modelo que excepcionalmente he vuelto a ver y jamás andando. Era uno más de mis juegos solitarios y liberadores. Hacía competencias conmigo misma, jugaba a esquivar o saltar obstáculos y a dar vueltas interminables cada vez más rápido. Fue así que en una ocasión, mientras me divertía chocando con el portón enorme que se encontraba al inicio del también enorme patio de mi casa (tan grande, el patio, que podía andar en bicicleta sin necesidad de salir a la calle), por el inevitable efecto de la inercia pasé de largo cuando la bicicleta se detuvo con el golpe y di de lleno con la entrepierna en el fierro delantero que sostiene el manubrio. Me dolió el alma unos cuantos días, pero una vez que pude volví a la bicicleta.
Después del colegio no me quedó otra que regresar a las micros. La universidad en la que estudiaba quedaba en la otra parte de Santiago, bastante lejos de la población en la que vivía en ese entonces, una cuyos habitantes prefieren llamar villa, como si eso le diera otra categoría, y a la cual llegamos luego de huir de la anterior insoportablemente metida en la droga dura, la delincuencia dura y, sobre todo, la pobreza dura. No hubo de otra. Después de que a mi hermano lo asaltaron y golpearon en la calle, mi papá, de quien por ese asunto absurdamente machista de que era el “jefe de hogar” dependía la decisión que a todos debió competer de elegir el lugar donde viviríamos, tomó la determinación de que era hora de irnos. La bicicleta, que a esas alturas ya no era una pistera flaca e incómoda de las que nunca me han gustado, sino una estilo montaña comprada seguramente en el persa o movida de segunda mano, quedó en el patio esperando que uno que otro fin de semana un alma caritativa se dignara necesitarla... y ocuparla.
Luego me fui y me fueron de la universidad, quedé embarazada y entré por segunda vez a estudiar la misma carrera casi a punto de parir. De ahí en adelante la bicicleta pasó prácticamente al olvido. Con guagua a cuestas, a duras penas subsistiendo, criando y estudiando, no había tiempo de pensar siquiera en el recreo de montar la bici para pasear el fin de semana. Como suele suceder en estos casos, pasó el tiempo, el inevitable, terminé mis estudios, se acabó –dicen- la dictadura, mi hija creció, su padre y yo nos separamos al fin, comencé la otra dura y espantosa carrera de trabajar en colegios y me seguí cambiando de casa.
El periodo que se me metió entre ceja y ceja no seguir haciendo clases e intentar sobrevivir vendiendo libros, conocí a Juan quien, sin saberlo, se convirtió en el origen de mi ahora conciente y decidido amor por la bici. Lo conocí trabajando en los libros. Él vendía afiches en la misma feria que estaba yo. Me contó que tenía una bicicleta negra, de marco antiguo estilo camello, en el fondo del patio de su casa. Yo no tenía posibilidad de adquirir una por mi cuenta, así que le insistí en que la arreglara y me la vendiera. Así llegó hasta mis manos mi actual compañera. Pasó el tiempo y pude repararla un poco más, le cambié su negro al rojo de mi bici de adolescencia, la del accidente inolvidable, ya no tuve que cruzar medio Santiago desde ninguna población roñosa, dejé de martirizarme en un colegio, mi hija creció y le compré su propia bici y ahora me voy al trabajo todos los días con casco incluido arriba de la bici modelo antiguo, intentando usar las ciclovías mal pensadas, encontrándome con ciclistas furiosos y no tanto, con mujeres en bici organizadas y no tanto y uno que otro obrero de la construcción que todavía no pierde su trabajo y sueña con comprarse un auto, que cruza medio Santiago probablemente desde alguna población donde pena la droga dura, la delincuencia dura y la pobreza todavía más dura en estos tiempos de ridícula democracia.
Salía de la población y llegaba a Panamericana norte. Allí me encontraba con un sinnúmero de obreros de la construcción que, también por necesidad, usaban la bicicleta como medio de transporte mucho antes de que cicleteros furiosos o mujeres organizadamente ciclistas que poblaban la otra parte de Santiago salieran a la calle a defender el uso legítimo de estas dos ruedas. Como era de esperar, yo era la única mujer. La calle era amplia y extrañamente llana, así que aprovechaba de experimentar el pedaleo sin sostener el manubrio, cosa que jamás he vuelto a practicar pues las calles de Santiago, al menos las que me tocan actualmente ahora más hacia el centro, no se caracterizan por su factura tersa y sin baches, muy por el contrario. Me convertí en la única ciclista del colegio. Como no estaba forzada a usar el ridículo e incómodo jumper escolar, iba con jeans la mayor parte del tiempo. De esta manera, me ahorraba el ajetreo de subirme a una micro y soportar los ladridos del conductor y dejé atrás también la costumbre menos acostumbrada de irme hasta la casa caminando.
Siempre me gustó la bici. Cuando era niña usaba una cuyo sillín se alargaba y que terminaba en un par de fierros que hacían las veces de sostenedor de la espalda, un modelo que excepcionalmente he vuelto a ver y jamás andando. Era uno más de mis juegos solitarios y liberadores. Hacía competencias conmigo misma, jugaba a esquivar o saltar obstáculos y a dar vueltas interminables cada vez más rápido. Fue así que en una ocasión, mientras me divertía chocando con el portón enorme que se encontraba al inicio del también enorme patio de mi casa (tan grande, el patio, que podía andar en bicicleta sin necesidad de salir a la calle), por el inevitable efecto de la inercia pasé de largo cuando la bicicleta se detuvo con el golpe y di de lleno con la entrepierna en el fierro delantero que sostiene el manubrio. Me dolió el alma unos cuantos días, pero una vez que pude volví a la bicicleta.
Después del colegio no me quedó otra que regresar a las micros. La universidad en la que estudiaba quedaba en la otra parte de Santiago, bastante lejos de la población en la que vivía en ese entonces, una cuyos habitantes prefieren llamar villa, como si eso le diera otra categoría, y a la cual llegamos luego de huir de la anterior insoportablemente metida en la droga dura, la delincuencia dura y, sobre todo, la pobreza dura. No hubo de otra. Después de que a mi hermano lo asaltaron y golpearon en la calle, mi papá, de quien por ese asunto absurdamente machista de que era el “jefe de hogar” dependía la decisión que a todos debió competer de elegir el lugar donde viviríamos, tomó la determinación de que era hora de irnos. La bicicleta, que a esas alturas ya no era una pistera flaca e incómoda de las que nunca me han gustado, sino una estilo montaña comprada seguramente en el persa o movida de segunda mano, quedó en el patio esperando que uno que otro fin de semana un alma caritativa se dignara necesitarla... y ocuparla.
Luego me fui y me fueron de la universidad, quedé embarazada y entré por segunda vez a estudiar la misma carrera casi a punto de parir. De ahí en adelante la bicicleta pasó prácticamente al olvido. Con guagua a cuestas, a duras penas subsistiendo, criando y estudiando, no había tiempo de pensar siquiera en el recreo de montar la bici para pasear el fin de semana. Como suele suceder en estos casos, pasó el tiempo, el inevitable, terminé mis estudios, se acabó –dicen- la dictadura, mi hija creció, su padre y yo nos separamos al fin, comencé la otra dura y espantosa carrera de trabajar en colegios y me seguí cambiando de casa.
El periodo que se me metió entre ceja y ceja no seguir haciendo clases e intentar sobrevivir vendiendo libros, conocí a Juan quien, sin saberlo, se convirtió en el origen de mi ahora conciente y decidido amor por la bici. Lo conocí trabajando en los libros. Él vendía afiches en la misma feria que estaba yo. Me contó que tenía una bicicleta negra, de marco antiguo estilo camello, en el fondo del patio de su casa. Yo no tenía posibilidad de adquirir una por mi cuenta, así que le insistí en que la arreglara y me la vendiera. Así llegó hasta mis manos mi actual compañera. Pasó el tiempo y pude repararla un poco más, le cambié su negro al rojo de mi bici de adolescencia, la del accidente inolvidable, ya no tuve que cruzar medio Santiago desde ninguna población roñosa, dejé de martirizarme en un colegio, mi hija creció y le compré su propia bici y ahora me voy al trabajo todos los días con casco incluido arriba de la bici modelo antiguo, intentando usar las ciclovías mal pensadas, encontrándome con ciclistas furiosos y no tanto, con mujeres en bici organizadas y no tanto y uno que otro obrero de la construcción que todavía no pierde su trabajo y sueña con comprarse un auto, que cruza medio Santiago probablemente desde alguna población donde pena la droga dura, la delincuencia dura y la pobreza todavía más dura en estos tiempos de ridícula democracia.

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